Agua Que No Has De Beber

Agua Que No Has De Beber

Entra en la cafetería un grupo de parejas enfrascadas en una animada conversación que traían ya desde el exterior. Uno de ellos, el que parece el líder, le pide al camarero con gran seguridad “lo mismo de siempre”.

Ella recorre con la mirada la barra del bar buscando una servilleta para acariciar sus labios y no manchar la copa de cristal. Él le acerca el servilletero. Se lo acerca con parsimonia, deslizándolo sobre el todavía húmedo mostrador, que el camarero lo acaba de limpiar. Ella no entiende ese lento movimiento del servilletero avanzando hacia ella, dándose importancia como si de una diva sobre un escenario se tratara. Entonces levanta la vista, por ver qué pasa, y él la está contemplando, intentando profundizar en su mirada, estableciendo un contacto visual claramente inapropiado. Tan inapropiado como si le hubiera dado un azote en el trasero o le hubiera acariciado el hombro con el dorso de la mano.

Al principio se siente incómoda, y hasta ofendida por esa intromisión visual que le ha llegado a sonrojar. Pero es fuerte, y ese día está rompedora con su vestido negro ajustado y sus vertiginosos tacones de arrasar. Acepta el reto, sonríe, y durante unos segundos su mano y la de él coinciden en el servilletero, sin tocarse, que no hace falta más. Beber al mismo tiempo, como un brindis secreto, sin dejar de mirarse, termina de dar contenido a ese encuentro visual. El grupo sigue envuelto entre risas y sonidos de cristal, sin darse cuenta de lo que acaba de pasar.
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Quien no entiende una mirada, no entenderá una larga explicación.