Gateando

Gateando
No sé bien cómo sucedió, el caso es que en un instante me vi desparramada en el suelo de la acera mojada, después de haber caído desde el balcón un día de lluvia intensa. Afortunadamente, mi caída quedó amortiguada por un toldo que se encontraba abierto, pero el trayecto final hasta el suelo lo hice en dura caída libre. Dicen que los gatos tenemos siete vidas, pero yo no lo tenía tan claro viéndome allí, estrellada contra el suelo, dolorida, completamente empapada y muerta de frío.
Entonces todavía era un bebé y recuerdo aquel día como si fuera hoy, que ya soy mayor y cuento con casi un año de vida, de mi segunda vida.

Desde que me adoptó mi dueña, nunca había salido de casa y aquella primera salida no fue precisamente agradable. Por la acera discurría un río de agua que amenazaba con arrastrarme hacia lo que seguramente habría sido mi final, así que me rufugié subida en la rueda de un coche aparcado junto a la acera frente al portal de mi casa. Allí hacía calor y evitaba tanto la lluvia como la corriente de agua que avanzaba amenazadora por el suelo. Pero no sabía qué pasaría conmigo. Estaba empapada, aterida de frío, magullada, asustada, sin saber qué hacer y con la certeza de que nunca más volvería a ver a mi hermano mayor, más prudente que yo, que se había quedado en casa.

En mi improvisado refugio me iba secando y recuperando del tremendo dolor de costillas que tenía por el golpe recibido en la caída y estuve mucho tiempo viendo pasar los pies de la gente sorteando los charcos de la calle. Nunca más volvería a ver a mi querido hermanito y compañero de juegos, nunca más volvería a acurrucarme en el sofá disfrutando de las caricias de mi dueña, que tantas veces se ponía a bailar y a cantar mientras me sujetaba en sus brazos y me llenaba de besos.

De pronto oí su voz desesperada gritando mi nombre por la calle. Mi hermanino se acercó a ella en cuanto llegó a casa y no la dejaba avanzar, colocándose siempre delante de sus pies para que le prestara atención. Ella enseguida se dio cuenta de que algo pasaba, ya que aquél comportamiento de mi hermano queriendo llamar su atención de esa manera era muy raro. Me buscó por la casa gritando mi nombre y cuando vio que la puerta del balcón estaba abierta sospechó lo peor, así que salió corriendo a la calle gritando angustiosamente mi nombre.
Yo la llamé sin atreverme a salir de mi escondite y ella reaccionó con alegría y alivio repitiendo mi nombre sin parar una y otra vez. Asomé una patita y ella alargó su mano para recuperarme y sacarme de allí. Me apretó contra su pecho -contra sus pechos- con tanta fuerza que casi consigue lo que no consiguió la propia caída desde el balcón.

Desde entonces, cada mañana me subo a su cama para despertarla con besos y lametones en número exagerado, lo sé, pero es que es también exgerado el agradecimiento y el cariño que siento por ella, mi salvadora, mi compañera de baile, mi proveedora de caricias, mi querida madre adoptiva.

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No quería enamorarme, pero me sonreíste.