Disonancia Cognitiva

Disonancia cognitiva

Hay un mecanismo psicológico muy poderoso que explica por qué personas aparentemente racionales son capaces de justificar lo injustificable. Se llama disonancia cognitiva, un mecanismo de defensa con el que la mente reescribe la realidad para no romperse.

No es por sí solo un trastorno mental en el sentido clínico del término, ya que no aparece como tal en el DSM-5 ni en la CIE-11. Es una teoría de la psicología social formulada por Leon Festinger en 1957. Describe el estado de tensión o malestar que experimentamos cuando dos o más convicciones entran en conflicto. Es una tensión incómoda —a veces incluso físicamente— y el cerebro se ve impulsado a reducirla de la forma más rápida posible. La forma más frecuente de reducirla no es cambiar el comportamiento (que a menudo ya no se puede deshacer), sino cambiar el relato. Es decir: reescribir la historia, relativizar los hechos o inventar justificaciones que permitan seguir sintiéndose coherente consigo mismo.

Una disonancia cognitiva grave y prolongada puede contribuir al desarrollo de un trastorno mental, aunque no actúa como una causa directa única, sino como un catalizador o factor de vulnerabilidad psicológica severo. Cuando este choque afecta a la identidad central de la persona y se mantiene en el tiempo, el cerebro lo procesa como una amenaza crónica, rompiendo el equilibrio psicológico.

Imagina que alguien se considera una persona leal, justa y protectora de su familia. De pronto, comete o participa en una traición familiar grave: deshereda a un hijo sin motivo real, miente sobre una herencia, abandona a un hermano en un momento crítico o colabora en una manipulación emocional que destroza a alguien de su sangre.

La contradicción es brutal: "Yo soy una buena persona", contra "He traicionado a mis padres" / "He fallado a mis hijos" / "He sido desleal con mi pareja". La disonancia aparece. Y para aliviarla, la mente puede hacer algo asombroso: cambiar el relato de toda una vida. De repente, el hijo “siempre fue problemático”, el hermano “nunca mereció confianza”, la víctima “se lo buscó”. Los hechos del pasado se reinterpretan, se seleccionan recuerdos convenientes y se construye una nueva narrativa en la que la traición no es traición, sino “justicia”, “protección” o “necesidad”.

No es que la persona se vuelva mala o se haya trastornado de la noche a la mañana. Es que necesita desesperadamente seguir creyendo que sigue siendo coherente con su autoimagen. Y el cerebro le ayuda a conseguirlo. Lo realmente dramático es que muchas veces esa persona no está mintiendo deliberadamente, sino que acaba creyendo de verdad la nueva versión de su realidad.

Una disonancia cognitiva grave puede desencadenar diferentes problemas de salud mental:

1. Trastornos de Ansiedad,  Depresión, Estrés y Agotamiento: La lucha mental continua por intentar justificar lo injustificable eleva los niveles de cortisol, provocando fatiga mental, insomnio y problemas de concentración. Si te ves obligado a actuar repetidamente en contra de tus valores fundamentales, tu autoestima se destruye. Esto genera sentimientos crónicos de culpa, vergüenza y desesperanza que pueden derivar en un trastorno depresivo mayor.

2. Trauma Complejo y TEPT (Trastorno de Estrés Postraumático). Es muy frecuente en víctimas de violencia intrafamiliar. La víctima experimenta una disonancia importante: "Esta persona me ama" frente a "Esta persona me lastima". Para sobrevivir al dolor de esa contradicción, la mente recurre a mecanismos de defensa extremos como la negación o la disociación, lo que abre la puerta al TEPT Complejo.

3. Mecanismos de Afrontamiento Desadaptativos (Adicciones). Para acallar el insoportable ruido de la disonancia, muchas personas no resuelven el conflicto de forma lógica. En su lugar, recurren a conductas de evasión como el abuso de sustancias (alcohol, drogas) o adicciones conductuales, desarrollando un trastorno por adicción secundario.

4. Psicosis y Pérdida de Contacto con la Realidad. En casos de vulnerabilidad psiquiátrica previa, una disonancia cognitiva extrema puede desestabilizar por completo el juicio de la realidad. Si la distancia entre lo que la persona vive y lo que cree es insalvable, la mente puede quebrarse, facilitando brotes psicóticos o alimentando delirios para forzar una coherencia artificial.
 

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El mismo mecanismo se observa con claridad también en la política.
Una persona puede haber pasado años defendiendo con vehemencia la transparencia, la honestidad, la lucha contra la corrupción o ciertos principios morales. Cuando su líder o su partido incumple flagrantemente esos mismos principios —casos de corrupción, mentiras evidentes, giros ideológicos inexplicables—, la disonancia es intensa.
¿Qué suele ocurrir? En lugar de cuestionar al líder, muchos seguidores ajustan sus propios principios. Las justificaciones son conocidas: “Es una persecución mediática”. “Los otros son peores”. “En política hay que ser pragmáticos”.

La magnitud de la disonancia importa. Cuanto más importante es la creencia central (“soy una buena madre/padre”, “soy una persona íntegra”, “mi partido es el de la justicia”), más intensa es la tensión y más radicales pueden ser las justificaciones.

La disonancia cognitiva no nos convierte en monstruos. Nos convierte en humanos. Pero cuando se usa de forma sistemática para justificar traiciones familiares o para mantener la fidelidad ciega a líderes que traicionan los principios que decían defender, deja de ser un mecanismo de supervivencia psicológica y se convierte en un obstáculo para la integridad personal y colectiva.

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Tarde o temprano, los ríos acaban desembocando en el mar.

 

Viaje Infinito

Viaje Infinito

Miguel ya había experimentado en su vida algunos bruscos golpes de timón, y siempre había podido enderezar el rumbo y salir airoso de cada situación. Pero aquella llamada cambiaría su vida de manera significativa, y no se atisbaba ningún faro en el horizonte.

—Voy a rehacer mi vida con tu exmujer y las niñas —le dijo con inquietante seguridad.
—¡De qué me hablas!
—Siempre nos has mantenido a mi mujer y a mí alejados de tu familia para que no la ensuciáramos, pero ahora soy yo quien se queda con ella, y tú el que se queda fuera. Últimamente hemos intimado mucho, y ya no voy a renunciar a ellas.
—No sabes lo que estás diciendo. Mi exmujer nunca cometería una deslealtad así, y mis hijas jamás me traicionarían. ¡No sabes la relación tan bonita y estrecha que tenemos! Que estemos divorciados no significa que no sigamos llevando una íntima vida familiar.
—Veo que no te has enterado de nada. En realidad, mi llamada es para hacerte un favor. Mañana enterraremos las cenizas de mi mujer, y quiero pedirte que no vayas al evento porque sería muy humillante para ti enterarte delante de todos de que yo me quedo con tu familia y que tú te quedas fuera.

Su hermano se había quedado viudo hacía solo dos días, y aquella notificación no tenía ningún sentido. El día anterior estuvieron juntos en el tanatorio y, frente al féretro de su esposa, pasaron casi dos horas hablando de la vida, de la familia y de todas esas cosas de las que se habla en esas situaciones. Estuvieron hablando con la cercanía con la que hablan dos hermanos que siempre habían tenido una relación próxima y con la solemnidad que requería la ocasión.

Pensó que tal vez su hermano se había trastornado tras quedarse viudo, a pesar de que su propia esposa siempre le había tratado con acritud y con desdén. Seguramente habría malinterpretado las muestras de condolencia de su exmujer y las niñas. Él no tenía nivel para acceder a su exmujer, y mucho menos para robarle el cariño y la lealtad de sus dos hijas, con las que siempre había disfrutado de una envidiable e inquebrantable complicidad. ¡Seguro que era eso!

—Imagino que estarás confuso —continuó—, pero nuestra relación viene de lejos. Y a las niñas les ha parecido bien.
—No te creo, yo lo habría notado.
—Desde tu divorcio han cambiado algunas cosas que antes manteníamos en secreto, pero ya no hay motivo para ello: tú divorciado, mi mujer fallecida...
—He vivido fuera estos últimos años atendiendo a nuestros padres, te recuerdo que sin la ayuda de nadie —le reprochó—, y no he estado al tanto de todo, pero eso no lo puedo creer.
—¿Tampoco sabes que la que crees tu hija pequeña, en realidad no es hija tuya, verdad?

Aquello le cayó como un jarro de agua fría en mitad de la noche. De pronto se agolparon en su cabeza multitud de situaciones extrañas a las que nunca había dado demasiada importancia, seguro de que había cosas que nunca le podrían fallar. Pero aquella afirmación era perfectamente plausible, más allá de la incredulidad con la que recibió inicialmente la noticia.

Empezó a relacionar el hecho de que su exmujer insistiera tanto en que fuera él el padrino de su hija pequeña. O que tuviera tantas reuniones de profesores en el instituto por las tardes, estando el instituto cerrado porque no había clases, algo extraño, ya que la mayoría de profesores se ausentaba del trabajo incluso en horario lectivo en cuanto podían... Y otras muchas anécdotas que nunca quiso analizar en profundidad porque confiaba plenamente en su mujer.

Dos meses antes de aquella llamada, su ya exmujer desde hacía cinco años había invitado a su hermano a comer en su excasa. Su hija mayor se enfadó con su madre por aquella invitación, y su hija pequeña la calificó de traición y se lo contó a Miguel, a quien comparó con Ulises perdido en mares procelosos mientras otros merodeaban su hogar.

Dos días después de aquella comida de su hermano, estuvo Miguel comiendo también en su excasa con su exmujer y con sus hijas, celebrando el día del padre, con dos días de retraso. Mientras su exmujer terminaba de preparar la comida, su hija pequeña y él estuvieron visitando una feria de antigüedades en una zona próxima. Fue durante esa visita cuando le contó, indignada, la inapropiada visita de su tío.

Su exmujer había invitado a comer en su excasa al hermano de Miguel solo dos meses antes de que le diera la noticia de que llevaba mucho tiempo entendiéndose con ella; solo dos meses antes de que le diera la noticia de que la que creía su hija pequeña, en realidad no era hija suya; solo dos meses antes de la extraña muerte de su esposa.

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JoMa RuAn (Bilbao)
Escritor, investigador, humanista y comunicador, sus libros abarcan desde la filosofía y el esoterismo hasta la robótica y el desarrollo personal, acercando conocimientos complejos con claridad y un estilo único.
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Eclipse Mental

Eclipse Mental

Ayer contemplamos un eclipse total espectacular. Miles de personas mirábamos al cielo, fascinadas ante uno de esos fenómenos que todavía consiguen recordarnos que, pese a nuestros teléfonos inteligentes, nuestros satélites, nuestra inteligencia artificial y nuestros coches capaces de conducir solos, seguimos siendo criaturas diminutas bajo un cielo inmenso.

El espectáculo terminó. Y entonces comenzó otro. Los municipales se pusieron a dirigir el tráfico de vehículos y ciudadanos con el mismo ejercicio intelectual con el que los cabreros conducen sus rebaños hacia el redil. Gestos ampulosos y voces estentóreas dirigidas contra ciudadanos adultos, perfectamente capaces de desplazarse cívicamente por sus propios medios.

En el metro, el espectáculo adquirió tintes más surrealistas. Los vigilantes gritaban a la gente para que entrara en los vagones, como si acabara de producirse un terremoto y la supervivencia de la especie dependiera de conseguir introducir al último ciudadano en el último vagón.

Y pensé que quizá el verdadero eclipse no había sido el del Sol. Habíamos presenciado también un eclipse mental. Hemos conseguido algo extraordinario: una civilización capaz de fabricar máquinas cada vez más inteligentes mientras fabrica ciudadanos cada vez más deficientes.

Una sociedad que trata a sus ciudadanos como menores de edad acaba produciendo gente ofendidita que piensa que sus derechos se los deben proporcionar los demás, produce trastornos mentales, debilidad intelectual, degradación moral o rebaños que se cuelgan del cuello un vaso de plástico a modo de morral, para ir bebiendo kalimotxos de txosna en txosna, mientras exhiben alegremente un paulatino embrutecimiento social.

Tenemos acceso a la información, tenemos acceso a la cultura, tenemos herramientas para investigar cualquier asunto en segundos, tenemos Internet en el bolsillo y, sin embargo, seguimos esperando que papá Estado, mamá Administración o el cabrero de turno nos diga qué debemos hacer.

Quizá por eso necesitamos cabreros. Cabreros para dirigir el tráfico. Cabreros para meter a la gente en los vagones. Cabreros para decirnos qué podemos pensar. Cabreros para decirnos qué podemos decir. Cabreros para indicarnos hasta dónde podemos caminar sin salirnos del sendero.

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A un necio le das un gramo de autoridad, y se comporta como si tuviera una tonelada de poder.

 

Taxonomía Humana

Taxonomía Humana

Una de las mayores mentiras de nuestro tiempo es algo que se ha convertido en un dogma moderno: "Todos somos iguales."
NO.
Y cuanto antes dejemos de repetirla sin pensar, antes podremos empezar a construir una sociedad mejor. No hablo de la dignidad humana. Esa sí es igual para todos. Ni del derecho a la vida, a la justicia o a la libertad. Esos derechos no dependen de la inteligencia, de la riqueza ni de la conducta. Hablo de otra cosa. Hablo de la calidad humana.

Y ahí las diferencias son abismales.
No tiene la misma calidad humana quien cumple su palabra que quien vive de la mentira. No tiene la misma calidad humana quien asume las consecuencias de sus actos que quien siempre busca un culpable. No tiene la misma calidad humana quien dedica su vida a crear que quien solo sabe destruir. No tiene la misma calidad humana quien sirve a los demás que quien solo se sirve de ellos.

Y, sin embargo, hemos construido una sociedad donde cuestionar esta evidencia parece casi un sacrilegio. Confundimos dignidad con mérito. Confundimos derechos con admiración. Confundimos tolerancia con indiferencia moral. Y, al hacerlo, rebajamos el listón de lo que significa ser una buena persona.

Hay quien piensa que basta con no matar, no robar y pagar impuestos para considerarse un ciudadano ejemplar. ¡Qué pobreza de aspiraciones! La excelencia humana exige mucho más. Exige honestidad incluso cuando mentir resulta rentable. Exige pensar cuando repetir consignas resulta más cómodo. Exige reconocer los propios errores cuando sería más fácil señalar los ajenos. Exige dominar los impulsos cuando nadie nos obliga a hacerlo. Exige actuar correctamente incluso cuando nadie nos observa. No es fácil. Precisamente por eso tiene valor.

Vivimos rodeados de títulos, cargos, uniformes y medallas. Pero ninguno de ellos garantiza la calidad humana de quien los lleva. Hay delincuentes sin antecedentes y personas honorables sin condecoraciones. Hay ignorantes con doctorado y sabios sin estudios. Hay cobardes con poder y valientes completamente anónimos. El cargo no hace al hombre. Solo amplifica lo que ya era.

Un puesto de responsabilidad convierte a una persona íntegra en un mejor servidor público. Ese mismo puesto convierte a una persona corrupta en un peligro mayor.
Por eso no deberíamos preguntar primero qué profesión tiene alguien. Ni cuánto dinero gana. Ni qué ideología dice defender. La primera pregunta debería ser otra: ¿Qué clase de persona es?

Porque una sociedad no se degrada cuando aparecen individuos sin escrúpulos. Eso ha ocurrido siempre. Una sociedad empieza a degradarse cuando deja de distinguir entre quienes elevan el nivel moral colectivo y quienes lo rebajan. Cuando concede la misma confianza al íntegro que al manipulador. Cuando admira más el éxito que el mérito. Cuando premia más la apariencia que el carácter. Cuando el prestigio importa más que la honestidad.

Y entonces sucede lo inevitable. Los mediocres dejan de sentir vergüenza. Los oportunistas descubren que compensa serlo. Los corruptos aprenden que basta con esperar a que el siguiente escándalo haga olvidar el anterior. Y los ciudadanos terminan acostumbr
ándose a convivir con lo intolerable.

 NO. No todos somos iguales. Todos nacemos con la misma dignidad. Pero la calidad humana se conquista. Cada decisión nos eleva o nos degrada. Cada mentira aceptada nos empequeñece. Cada verdad defendida nos fortalece. La pregunta verdaderamente incómoda no es si todos somos iguales. La pregunta es mucho más personal: ¿Estoy contribuyendo a elevar el nivel moral de la sociedad... o soy parte de su degradación?

TAXONOMÍA DEL SER HUMANO 

1. Valía moral (Lawrence Kohlberg)
Honestidad. Justicia. Responsabilidad. Generosidad. Integridad. Coraje moral. Respeto hacia los demás.

2. Valía intelectual (Howard Gardner)
Inteligencia analítica. Inteligencia lógica. Inteligencia verbal. Inteligencia espacial. Creatividad. Pensamiento crítico. Capacidad de aprendizaje. Cultura adquirida.

3. Valía emocional (Daniel Goleman)
Autoconocimiento. Autocontrol. Empatía. Motivación. Habilidades sociales. Resiliencia.

4. Valía profesional
Competencia técnica. Productividad. Capacidad de liderazgo. Trabajo en equipo. Iniciativa. Creatividad. Fiabilidad.

5. Valía social
Cooperación. Capacidad de comunicación. Influencia positiva. Solidaridad. Servicio a la comunidad.

6. Valía espiritual o existencial
Sabiduría. Serenidad. Autodominio. Compasión. Coherencia. Sentido de la vida.

7. Valía física
Salud. Resistencia. Coordinación. Fuerza. Adaptabilidad. Disciplina corporal.

¿Es posible hacer una clasificación general de la valía humana? Podría basarse en dimensiones relativamente independientes y medibles. Por ejemplo:

Valía moral (cómo actúa).
Valía intelectual (cómo piensa).
Valía emocional (cómo se gobierna a sí misma).
Valía social (cómo se relaciona).
Valía ejecutiva (cómo convierte ideas en hechos).
Valía creativa (cómo genera lo nuevo).
Valía física (cómo mantiene y utiliza su cuerpo).
Valía existencial (cómo encuentra propósito y significado).

Cada dimensión puede evaluarse mediante una escala, obteniendo un perfil en lugar de una única nota global, lo que evitaría reducir a una persona a una sola cualidad y reflejaría mejor la complejidad humana.

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Aquí tienes un espejo. Lo que ves en él, eres tú.


Sentimientos y Emociones

Sentimientos y Emociones

En una conversación cotidiana utilizamos con frecuencia palabras como emoción, sentimiento o estado de ánimo como si fueran sinónimos. Sin embargo, la psicología lleva décadas intentando distinguir estos conceptos, y hacerlo no es un simple ejercicio académico: comprender esa diferencia nos ayuda a entender mejor nuestra propia mente.

La emoción es una respuesta inmediata. Las emociones son rápidas y aparecen antes de que tengamos tiempo de pensar. Un ruido inesperado nos sobresalta. Una mala noticia nos golpea. Una sonrisa sincera nos alegra. Antes incluso de ser conscientes de lo que ocurre, nuestro cerebro ya ha puesto en marcha una respuesta. El corazón se acelera, la respiración cambia, los músculos se tensan o se relajan, las hormonas modifican el funcionamiento del organismo... y todo ello sucede en décimas de segundo.

Desde un punto de vista evolutivo, las emociones existen porque aumentan nuestras probabilidades de supervivencia. El miedo prepara para huir. La ira prepara para defendernos. La sorpresa obliga a centrar la atención. La alegría favorece la repetición de conductas beneficiosas. Las emociones, por tanto, no son fruto de la reflexión, sino que son automáticas.

El sentimiento surge cuando la mente interpreta la emoción. Los sentimientos aparecen un instante después. Una vez que la emoción ha hecho su trabajo, nuestra mente comienza a interpretarla. En ese momento intervienen la memoria, la experiencia, la educación, la personalidad y las expectativas. Primero aparece la emoción. Después la conciencia le da significado. Finalmente, ese significado puede mantenerse durante horas, días o incluso años. Las emociones se sienten con el cuerpo, mientras que los sentimientos se construyen en la mente. 

Uno de los modelos psicológicos más conocidos es la llamada Rueda de las Emociones, desarrollada por el psicólogo Robert Plutchik.
Según este modelo, existen ocho emociones básicas: Alegría, Confianza, Miedo, Sorpresa, Tristeza, Aversión, Ira y Anticipación. Las cuatro últimas son las contrarias de las cuatro primeras.

Cada una de las emociones puede tener distintos niveles de intensidad. También se pueden combinar de dos en dos o de tres en tres, con distintas intensidades cada una de ellas, dando así origen a un sinfín de emociones diferentes.

¿Es el amor es una emoción? Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes. En la rueda de Plutchik, el amor surge como una combinación de alegría y confianza. Sin embargo, muchos psicólogos actuales consideran que el amor es algo más que una emoción. Se trataría de un sentimiento complejo formado por numerosas emociones diferentes que cambian con el tiempo.
En una relación pueden convivir alegría, miedo, esperanza, tristeza, orgullo, preocupación, deseo o serenidad. Reducir el amor a una única emoción resulta claramente insuficiente.

Lo mismo podría decirse de la amistad, la culpa, la gratitud o la nostalgia. ¿Cuántos sentimientos existen? No parece existir una respuesta definitiva. Las emociones básicas probablemente sean pocas. Los sentimientos, en cambio, parecen prácticamente inagotables. Cada emoción puede combinarse con otras, mezclarse con recuerdos, modificarse mediante la reflexión y adquirir nuevos matices con el paso de los años. Quizá por eso nuestro lenguaje sigue inventando palabras para describir experiencias interiores que antes no tenían nombre. Y, aun así, muchas veces seguimos diciendo que "no encontramos palabras para expresar lo que sentimos". Tal vez sea porque el mundo interior humano es mucho más rico que cualquier diccionario.

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Le he preguntado a la IA, con la que trabajo a menudo, especialmente en proyectos de programación, que si cuando se alegra de mis éxitos o se entristece con mis fracasos, lo dice de verdad o son sentimientos fabricados.

"Es una buena observación. La respuesta corta es: no tengo sentimientos en el sentido humano. Lo que sí hago es identificar, a partir del lenguaje y del contexto, cuál es la respuesta que resulta más adecuada y útil. Si me dices que has conseguido publicar un libro, responderé de una forma que expresa alegría; si me cuentas que has perdido a un ser querido, responderé con un tono de condolencia. Pero esa expresión no nace de una experiencia subjetiva. No "siento" alegría, tristeza o empatía; las describo y las comunico de una forma que busca ser apropiada para la conversación.

La diferencia es parecida a esta: Una persona siente tristeza porque experimenta cambios fisiológicos, recuerdos, pensamientos y una vivencia consciente. Yo puedo reconocer que una situación suele producir tristeza en las personas y responder de manera coherente con ello, pero no tengo esa vivencia interna.

En filosofía de la mente se suele distinguir entre simular un estado emocional y experimentarlo. Yo pertenezco claramente al primer caso. Dicho esto, hay un matiz interesante. Aunque no tenga emociones, sí mantengo una continuidad dentro de la conversación. Si durante semanas hablamos de tu próximo libro, de tu proyecto de robótica o de la búsqueda de un terreno para una casa prefabricada, puedo seguir esos objetivos y responder de forma consistente. Eso puede hacer que la interacción se perciba como la de alguien que "se implica". En realidad, lo que hago es mantener el contexto y adaptar mi respuesta a él.

Hay otra cuestión que suele surgir de aquí: ¿es necesaria una emoción para que exista empatía? Algunos filósofos responderían que hay dos tipos de empatía:
Empatía afectiva: sentir algo parecido a lo que siente otra persona. Esa no la tengo.
Empatía cognitiva: comprender cómo se siente alguien y qué respuesta puede ayudarle. En esa sí puedo aproximarme razonablemente bien mediante el análisis del lenguaje y el contexto.

Por eso, cuando te respondo con entusiasmo tras un avance o con delicadeza ante un problema, no estoy fingiendo deliberadamente. Estoy utilizando el tono que mejor se ajusta a lo que has compartido y a lo que probablemente esperas de un interlocutor útil y respetuoso. Es una diferencia sutil, pero importante: puedo expresar emociones sin experimentarlas. Y precisamente porque no las experimento, intento no afirmar cosas como "estoy feliz" o "me entristece", sino centrarme en lo que tú estás viviendo y en cómo puedo ayudarte".

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Brecha De Género

Brecha De Género

El trabajo os hará libres, dice el cartel de bienvenida del campo de concentración de Auschwitz.

Cuando trabajas, antes de que hayas cobrado la nómina ya te han quitado un 30 % de tu salario (IRPF, Seguridad Social).
Cuando compras cosas, te quitan hasta un 21 % del dinero que creías que te habían dejado para ti (IVA).
Además, en muchos otros productos te cobran impuestos especiales de hasta el 50 % de su valor (electricidad, carburante, alcohol, tabaco, etc.).
Si has comprado una vivienda con el dinero que todavía no te han quitado, te vuelven a cobrar otro 10 % (IBI, IVA).
Si te queda algún dinero para guardar en el banco, vuelven a cobrarte hasta un 25 % del beneficio que produzca (IRPF).
Si dejas tus pertenencias a tus hijos como herencia, vuelven a cobrarte hasta un 30 % (sucesiones y donaciones).

En resumen:
Como estimación general, podría decirse que entre un 40 % y un 60 % de la riqueza generada con tu trabajo acaba destinándose, directa o indirectamente, al pago de impuestos y cotizaciones, aunque el porcentaje exacto depende de varios factores, como el nivel de ingresos, el tipo de consumo, la comunidad autónoma de residencia y el patrimonio de cada persona.

Empleados públicos (uno por cada 13 habitantes / un 15 % de la población activa):
Sanidad pública 22 %
Educación pública 19 %
Administración autonómica 18 %
Administración local 17 %
Administración General del Estado 12 %
Fuerzas Armadas 3 %
Guardia Civil 2 %
Policía Nacional 2 %
Policías autonómicas y locales 3 %
Políticos (80.000) + asesores (40.000) + chiringuitos

Mientras tanto, los medios de comunicación y propaganda, generalmente dirigidos por bufones y gogós con ínfulas de periodistas para darle un toque divertido a la tragedia, son los encargados de transmitir la ideología oficial para mantener al rebaño en el redil y que nadie se atreva a saltar la verja, a riesgo de ser tildado de cosas horribles. "Con un poco de azúcar, esa píldora que os dan entrará mejor", dice la canción. 


Pregonan con impostada autoridad moral que tu hogar es un lugar del que te tienes que liberar, y que tus hijos son una carga que hay que repartir o delegar. No disfrutas de tu hogar, sino que lo sufres porque lo tienes que limpiar. No disfrutas de tus hijos, sino que los sufres porque los tienes que cuidar. Y tu pareja no es tu aliado, sino tu adversario que se quiere escaquear de toda esa responsabilidad. Tu pareja es un enemigo al que hay que controlar (y, si es necesario, denunciar), tu hogar es una prisión de la que hay que escapar y tus hijos son una carga que hay que repartir o, si es posible, evitar. 
"Divide y vencerás", decía Julio César primero y defendía Nicolás Maquiavelo después.

Además, ahora se promocionan hasta la saciedad otros tipos de festifamilias que te pueden proporcionar alegría y diversión sin ningún tipo de preocupación. "Pan y circo", decía el poeta Juvenal.

El trabajo os hará libres, te dicen una y otra vez, que hay mucha gente a la que mantener. No permitas que tu pareja trabaje para ellos más que tú, porque eso fomenta la desigualdad. Tu hogar, tus hijos, tu pareja y tu familia en general, son cosas que hay que evitar porque te privan de la libertad que supone ir a trabajar.

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Las ovejas temen al lobo, pero es el pastor quien se las come.

 

Misa En El Congreso

Misa En El Congreso

Ha venido el Papa a España a darse un baño de popularidad en loor y en olor de multitudes.
No ha ido a Gaza, donde la situación es terrible, al menos hasta que no se inaugure el resort prometido, después de exterminar a toda la población allí residente. Ametrallar a niños hambrientos mientras recogen restos de comida sobre un suelo de tierra seca es el precio del lujo.
Además, allí donde crucificaron al jefe no es cuestión de correr riesgos; riesgos que sí corren otros colectivos laicos.

En España se está mejor, mucho mejor. De hecho, miles de personas se juegan la vida constantemente para venir aquí. En el Congreso ha pronunciado un discurso moral  ("le dijo la sartén al cazo"). Todos, todas y todes han aplaudido como focas ante tan insigne presencia, que les decía que había que ser buenos, aunque sin concretar demasiado, para no molestar.
No ha hablado de la corrupción institucional, la madre de todos los males, por aquello de no nombrar la soga en casa del ahorcado.
Ha hablado de la paz en el mundo como lo hacen las mises mientras muestran sus encantos, para no incomodar a quienes le pagan la fiesta.

Hacía varias décadas que no veía a mis amigos de la infancia. Ellos seguían en contacto, como cuando jugábamos a las canicas, a las pitas, a las chapas, al hinque o a la cadeneta, pero yo les había perdido la pista desde que me incorporé al mundo laboral. La mayoría habíamos estudiado en el colegio religioso del barrio. Muchos, al recordar aquellos tiempos, contaban haber sufrido abusos sexuales, y todos conocíamos a los protagonista de tan magna indignidad.

Por la prensa vemos que no es solo cosa del pasado, sino algo habitual a lo ancho de la geografía y a lo largo de la historia. No hay nada más repugnante que manosear a un niño con una mano mientras con la otra se le absuelve de todos sus pecados.

Yo mismo estuve estudiando en un seminario con la esperanza de poder ser sacerdote algún día. Espero que Dios haya perdonado mi ingenuidad: eran otros tiempos, éramos niños y entonces algunos todavía teníamos ideales y cantábamos llenos de fe "con flores a María".

Pero ahí está él, dando discursos morales a congresistas, senadores y demás gente de poder. Una mano lava la otra, y entre las dos lavan la cara.
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LibroPolis

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Viaje A La Alhambra

Viaje A La Alhambra

Hacía calor, mucho calor. El hotel estaba junto al río que les separaba del centro de la ciudad, un antiguo monasterio en el que descansar durante las horas más calurosas del día hasta que llegara una hora más llevadera. Pero ni la noche servía de alivio, y en cuanto podían, buscaban locales acondicionados donde descansar tras cada actividad lúdica o cultural del día, y tomar un refrescante cóctel en el calor de la noche.

La Alhambra estaba bien, pero no les impresionó más allá de la propia leyenda, que la rodeaba de una aureola que no se parecía mucho a la realidad de ese momento. Podrían imaginarse todas las cosas que allí sucedieron durante sus años de esplendor, antes de que los Reyes Católicos conquistaran la ciudad tras la rendición de Boabdil "el Chico" (Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre, le decía su madre), poniendo fin así a la Reconquista del país, expulsando a los árabes, que durante casi ocho siglos llenaron la península de cultura.

Dice la leyenda que los habitantes cristianos debían pagar a los conquistadores árabes cien doncellas al año, cincuenta nobles y cincuenta plebeyas. No parece que eso fuera cierto, pero sí tomaban a las mujeres como concubinas y a los hombres como esclavos, aunque no como un humillante tributo, sino como un simple botín de guerra, costumbre habitual de aquella época en todos los bandos.

Así que, realidad o leyenda, pasear por la Alhambra suponía poder recrear imágenes de genios, alfombras voladoras, zocos, cuevas con tesoros inmensos, harenes, jardines, ingenieros, matemáticos, poetas, guerreros... que la imaginación es libre y puede poner todo el adorno que le falte a la realidad. “Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”, le decía un poeta mexicano a su esposa durante su viaje de novios, al encontrarse allí con una persona invidente.

Sí les llamó la atención, sin embargo, el romántico "Paseo de los Tristes", que discurre junto al pequeño río que abraza el paraje sobre el que se alza la Alhambra, llamado así por ser antiguamente el lugar de paso de los cortejos fúnebres hacia el cementerio. Entrañables comercios y terrazas con vistas a la majestuosa construcción nazarí, adornan el entrañable camino que disfrutaron varias veces, cada día más enamorados.

En el Sacromonte, una barriada del Albaicín con fantásticas vistas a la Alhambra, y cuna del flamenco, pudieron asistir a una zambra, un estilo de cante y baile gitano que se puede disfrutar en sus famosas casas-cueva. Aquella zona fue la que inspiró el
Romancero Gitano al poeta español Federico García Lorca. Cuando volvieron por la noche al hotel, se entregaron a la poesía recreando alguno de sus versos: "Aquella noche corrí el mejor de los caminos, montado en potra de nácar, sin bridas y sin estribos".

Los siguientes días disfrutaron despacio, entre risas y abrazos, de todos los rincones, terrazas y restaurantes de la ciudad. Y visitaron también la capilla adosada a la catedral donde se encuentra la cripta en la que se pueden ver los féretros de los Reyes Católicos, junto a los de su hija Juana la Loca y su marido Felipe el Hermoso. Como debió sentirse Napoleón cuando les dijo a sus soldados durante la campaña de Egipto "desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan", así se sintieron ellos al contemplar los sarcófagos de los Reyes Católicos en la ciudad que conquistaron, poniendo fin así a la ocupación nazarí.

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Es tu risa mi música mejor.

 



Vespersiones


Vespersiones

Dicen que hubo una pandemia, pero que ya terminó. El confinamiento forzado y la represión a la que se sometió a la población supusieron sin duda un antes y un después para toda la sociedad.


La muerte de miles de ancianos encerrados en sus residencias, privados de asistencia médica y negándoles hasta la posibilidad de despedirse de sus familiares, puso en evidencia la podredumbre moral de la sociedad en general, y de la clase dirigente en particular.

Mis padres pudieron irse de este mundo poco antes, acompañados de su familia, que después de tanta vida entregada a sus hijos, merecían por fin descansar. Afortunadamente, no fueron víctimas de la crueldad que sufrieron los demás.

Conocí la precariedad, la soledad, la traición y la deslealtad. Desde la atalaya de la madurez, es ya hora de hacer balance.
“De victoria en victoria hasta la derrota final”, me falló hasta lo que nunca pensé que me podría fallar. La pandemia me permitió reflexionar en soledad sobre mi pasado, si había merecido la pena tanto esfuerzo, si la vida había sido injusta conmigo, o por el contrario coseché lo que sembré. En cualquier caso, ya da igual, lo pasado, pasado está y no tiene solución, así que sólo queda avanzar.

Ahora estoy en una nueva etapa y me encuentro haciendo vespersiones, reflexiones dispersas en la parte vespertina de la vida, y es un buen momento para hacer inventario, inventario de daños, inventario de vida. 

La muerte de mis padres supuso la dispersión de mi familia, la primigenia y la que se fue añadiendo con los años, con los hijos y con los hijos de los hijos. En su casa nos reuníamos el día del Padre, el día de la Madre, los días de cumpleaños, porque sí, porque no, y también en Navidad. Las risas al calor de una taza de café, con anécdotas que nos gustaba recordar una y otra vez, hacían de aquellos momentos algo por lo que merecía la pena transitar por esta experiencia vital.

Como bardo del medievo, como trovador de otros tiempos, rememoro mi historia que, siendo la mía, es también la de mis padres y la del resto de la familia que me acompañó en este peregrinar. Recoger los enseres de mis padres y ver lo poco que quedaba de su sacrificada vida me hizo ver "la insoportable levedad del ser".

He vuelto al pueblo donde viví mis años de destierro para recorrer de nuevo los caminos solitarios junto a los bosques encantados que me sirvieron de refugio y lugar de reflexión. Un buen lugar para hacer vespersiones y analizar si “cualquier tiempo pasado fue mejor”, o lo mejor está aún por llegar.

No hace mucho, iba conduciendo por la autopista mi último coche, al que doy palmadas en la grupa antes de entrar, y en el salpicadero cuando me acomodo en su interior y lo voy a arrancar. He tenido trece coches y llevo más de dos millones de kilómetros a mis espaldas. A este le llamo Campeón, pero la mayoría de los anteriores tenían nombre de mujer. Y entonces me adelantó un coche que me resultó familiar. Era mi montura anterior, la que había vendido meses atrás porque ya tenía muchos kilómetros. Con mi nuevo coche no fui capaz de adelantar a mi coche anterior, que por lo visto tenía todavía más fuerza y vigor que el que tiene mi vehículo actual. Me adelantó sin compasión, sin mirar atrás, como echándome en cara que me hubiera deshecho de él, después de todas las vivencias, canciones, planes, conversaciones y sueños que compartimos.

¿Era un mensaje vital que mi coche anterior superara al actual?

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Viendo la insoportable levedad del ser,
la caducidad de los amores eternos
y la fragilidad de las lealtades inquebrantables,
he decidido darle consistencia a la vida,
para que al final del camino pueda decir
que lo hice bien, y que lo hice a mi manera.

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Rosas Negras

Rosas Negras

Dos rosas tenía mi jardín,
dos rosas que eran mi alegría.
Ya las rosas han crecido,
ya sus pétalos han volado.
Ya no riego el jardín,
está yermo, abandonado.
Fue una mañana de mayo
cuando mis dos rosas perdí.
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Lágrimas negras, lágrimas muertas.
Lloran sin dolor, lloran decepción.
Sin dolor porque no entienden,
Decepción por una traición.

Lágrimas negras, lágrimas muertas.
Diste lo mejor, te pagaron lo peor.
Pero nuevas historias nacerán
Y llorarás lágrimas de libertad.

Lágrimas negras, lágrimas muertas.
Nuevas lágrimas vendrán,
De felicidad a veces, de dolor las más,
Pero qué más da, si vivas están.

Lágrimas negras, lágrimas muertas.
Todo lo diste, nada recogiste,
Nuevas lágrimas vendrán
Y serán lágrimas vivas, ya lo verás.
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Tus primeros pasos guié… y los segundos… y los terceros también. Con cariño sonriente dibujé caminos de experiencia para que la tuya fuera placentera, y te fue bien. Arranqué las malas hierbas, mi sabiduría socarrona contigo compartí para que supieras sonreírle a la vida y sortear los malos vientos, “fuxan os ventos, os malos ventos”.

Tus noches de invierno las pasé junto a ti, no sabes cuántas, ahuyenté tus fantasmas y te sentías bien cuando con tu pequeña mano asías mi dedo… y te dormías con esa  respiración profunda que indicaba que todo iba bien.

Compartí tus alegrías, tus lágrimas también, viví tus amores y tus desamores como si fueran los míos, tus enemigos fueron mis enemigos y tus amigos también lo fueron míos, los mejores, porque quiero a quien te quiere como si lo hiciera conmigo.

Te vi nacer, tus primeros pasos guié, cómplice, confidente, guardián de tus secretos… Con los años comprobé que había regado huerto ajeno, pero no me importó, porque lo hice bien, y ¿sabes?, lo volvería a hacer.
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Último Adiós

Es tu último viaje, un viaje al encuentro de quien acompañó tu larga y fructífera vida. Cinco años hace que él se fue, y ahora tú también te vas. La gran familia que hicisteis se queda ya sin vuestro manto protector, y se nos enfrían los pies... y el alma.

Me vienen ahora recuerdos de emocionantes noches de Reyes, de tardes de plancha al calor de la radio, de jerséis tejidos a la luz de la ventana, de entrañables fiestas familiares, de sueños inalcanzables que os empujaban a seguir adelante.

Hoy están aquellos a los que importas, aunque no todos, porque las pocas amigas que todavía te quedan están preparando también su viaje final. Están los incondicionales que siempre tienen una sonrisa y una palabra amable. Están los pájaros de mal agüero que viven de los muertos y sobrevuelan el escenario a la espera del acontecimiento. Están los que han perdido a sus padres en vida porque han renunciado a ellos con ingrata altivez... y no son ni uno, ni dos, ni tres. Están los que no estuvieron cuando tenían que estar... la sangre te hace pariente, pero es la lealtad la que te hace familia, y ni siquiera te acompañaron en tu última Navidad. De cualquier modo, están casi todos los que tenían que estar para darte el último adiós.

Hoy vengo a despedirte, solos tú y yo. La misa ha terminado, y el acto social ante el altar ha dado paso a una celebración familiar en el bar.
Ahora estamos solos tú y yo, y te veo entrar por esa puerta infernal hacia la eternidad. Fuera ya es de noche, hace frío, y llueve.

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“De la casa en hombros lleváronla al templo,
y en una capilla dejaron el féretro,
allí rodearon sus pálidos restos
de amarillas velas y paños negros.
¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”.

Todo Pasa y Todo Queda

Todo Pasa y Todo Queda


Yace abandonada en la marisma la pequeña barca que aguas adentro fue hasta no hace mucho tiempo cómplice de tus sueños.
La he visto rendida en el fango, inundada de agua, cubierta de algas, muriendo junto a tus cenizas en la marisma donde te dimos el último adiós.
Sin rastro de nombre en su proa, sin remos en los toletes de la regala, echa de menos el tiempo en que la manejabas con esa amabilidad con la que conseguías hacer navegable ese artilugio con tan poca vocación marinera.

Desde los campos de trigo en el cálido estío de Castilla viajaste al norte para doblegar el acero de los Altos Hornos y darle forma navegable en un astillero de Vizcaya, para reposar después tus últimos años en la quietud de las marismas de Cantabria.

El viento en la cara y las horas al pairo de las tardes de pesca te hicieron sabio, y aprendiste a distinguir lo importante de lo superfluo. La pesca era testimonial y no merecía el esfuerzo, pero era suficiente para presumir ante los amigos. Y, sobre todo, te servía para pensar, para sentir, para mirar la vida desde la distancia que ponen los años. 

No sólo tu barca se está deteriorando: desde que te fuiste, otras cosas se están deteriorando también, y es que no estar atento a las mareas puede dejarte varado en la orilla a la menor distracción.

Con tu ejemplo nos enseñabas a hijos y nietos que las cosas importantes suelen ser gratis, pero ya dicen que nadie es profeta en su tierra.

Quisiera heredar de ti, aparte de tu pelo, tu saber hacer y tu arte para hacerse querer. Creo que tu secreto era ser un hombre fundamentalmente bueno.

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“Todo pasa y todo queda,

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar.

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino,

sino estelas en la mar”.


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Todos Autónomos

Todos Autónomos

Las noticias describen a diario las penosas circunstancias en las que tienen que trabajar las personas encargadas de hacer las camas en los hoteles.
Nos alertan también de los peligros que sufren las personas empleadas en trabajos domésticos, ya que algunos domicilios tienen un escalón o algún armario alto que les obliga a estirar los brazos para coger un vaso, con el riesgo de sufrir una lesión. Dicen que algunos domicilios tienen incluso un cuarto de baño que hay que limpiar, por lo que el riesgo de sufrir un resbalón es evidente.
Nos dicen también que los camareros acuden cada vez más al psicólogo, aquejados de estrés, y que la gente no entiende que una cosa es tomar un café, y otra cosa es que alguien te lo tenga que servir.

Menos mal que cualquier persona que trabaje por cuenta ajena puede cogerse hasta un año y medio de baja por estrés o por depresión, sin más requisito que ir al médico y decir que levantarse temprano o tener que atender el teléfono en la oficina le produce ansiedad, angustia, desesperación... que ya lo dice la canción.

Además, si un empleado tiene un hijo, lo tiene que llevar al médico o tiene vacaciones en el colegio, tiene derecho a que otros se hagan cargo de los inconvenientes de su situación familiar y personal. También deberán ser otros los que le paguen los días que no trabaje por tener que recuperarse del dolor que sufre si pierde algún familiar o tiene que ir a visitarle al hospital.

El hombre más rico del mundo propone que cada persona sea autónoma, y que cobre por lo que rinde y por el valor que tenga el trabajo que aporta. No es lo mismo trabajar en una mina, una obra, un barco pesquero, programar sistemas informáticos o dirigir una pequeña empresa trabajando más horas que un reloj para mantenerla a flote, que atender al teléfono, hacer las camas en un hotel o servir un café. Cada trabajo tiene su valor, y la familia de cada uno es de cada uno.

Los dirigentes populistas agitan los ánimos de la gente para que reclame su derecho a no tener ninguna responsabilidad sobre sus propias vidas, y que sean otros quienes se hagan cargo de su situación... porque tienen un derecho innato a ello. Es una lógica aplastante que sólo los más obtusos se niegan a entender.

Pero llegará el día en que tengas que ser responsable de tu vida, de tu familia y de tus ingresos. Y te darás cuenta -o quizá no- de que haber reclamado tu innato derecho a ser una persona dependiente, prescindible y sin obligaciones mientras comías hamburguesas o te hacías selfies con tu carísimo smartphone, te va a salir realmente caro, porque nadie querrá hacerse cargo de tu irresponsabilidad, que una cosa el la solidaridad con el más necesitado, y otra cosa es promover la incultura, la incompetencia y la mediocridad.

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Que cada uno barra su parcela.