Vespersiones
Su vida ya había sufrido algunos bruscos golpes de timón, y siempre había podido enderezar el rumbo y salir airoso de cada situación.
Pero aquella llamada cambiaría su vida de manera significativa, y no parecía que hubiera mucha luz en el horizonte.
—Voy a rehacer mi vida con tu exmujer y con tus hijas —le dijo con inquietante seguridad.
—¡De qué me hablas!
—Siempre nos has mantenido a mi mujer y a mí alejados de tu familia, para que no la ensuciáramos, pero ahora soy yo quien se queda con ella, y tú el que se queda fuera.
—No sabes lo que estás diciendo. Mi exmujer nunca cometería una deslealtad así, y mis hijas jamás me traicionarían. ¡No sabes la relación tan bonita y estrecha que tenemos! Que estemos divorciados no significa que no sigamos llevando una íntima vida familiar.
—Veo que no te has enterado de nada. En realidad mi llamada es para hacerte un favor. Mañana enterraremos las cenizas de mi mujer, y quiero pedirte que no vayas porque sería muy humillante para ti enterarte delante de toda la familia de que yo me quedo con la tuya y que tú te quedas fuera.
Su hermano se había quedado viudo hacía sólo dos días, y aquella notificación no tenía ningún sentido. El día anterior estuvieron juntos en el tanatorio y, frente al féretro de su mujer, pasaron casi dos horas hablando de la vida, de la familia... y de todas esas cosas de las que se habla en esas situaciones. Estuvieron hablando con la cercanía con la que hablan dos hermanos que siempre habían tendido una relación próxima y con la solemnidad que la ocasión requería. No tenía sentido.
Y se quedó callado, para ver por dónde discurría la conversación. Pensó que tal vez su hermano se había trastornado por haberse quedado viudo, a pesar de que su esposa siempre le había tratado con desdén, incluso públicamente. Él no tenía nivel para acceder a su exmujer, y mucho menos para robarle el cariño y la lealtad de sus dos preciosas hijas, con las que siempre había tenido una inquebrantable complicidad.
—Imagino que estarás confuso —continuó—, pero nuestra relación viene de lejos.
—No te creo, yo lo habría notado.
—Desde tu divorcio han cambiado algunas cosas que antes manteníamos en secreto, pero ya no hay motivo para ello: tú divorciado, mi mujer fallecida...
—He estado viviendo fuera estos últimos años cuidando de nuestra madre, y no he podido estar al tanto de todo, pero lo que dices no me lo puedo creer.
—¿Tampoco sabes que la que crees tu segunda hija, en realidad no es tuya, verdad?
Aquello le cayó como un jarro de agua fría en mitad de la noche. De pronto se agolparon en su cabeza multitud de anécdotas y situaciones a las que nunca dio demasiada importancia, seguro de que había cosas que nunca le podrían fallar. Pero aquella afirmación era perfectamente plausible, más allá de la incredulidad con la que recibió inicialmente la noticia.
Empezó a relacionar el hecho de que su exmujer insistiera tanto en que fuera él el padrino de su hija, o que ella tuviera tantas reuniones por las tardes en el instituto, cuando se suponía que el instituto estaba cerrado por las tardes, o que le invitara a comer en su excasa por primera vez sólo dos meses antes de esa notificación de su hermano... sólo dos meses antes de la inesperada y extraña muerte de su mujer.
Fue ella quien le informó con indisimulado enojo de aquella visita de su tío, que consideró una traición a la ausencia de quien creía que era su padre, sin saber que en realidad su padre era él.
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