Viaje Infinito

Viaje Infinito

Miguel ya había experimentado en su vida algunos bruscos golpes de timón, y siempre había podido enderezar el rumbo y salir airoso de cada situación. Pero aquella llamada cambiaría su vida de manera significativa, y no se atisbaba ningún faro en el horizonte.

—Voy a rehacer mi vida con tu exmujer y las niñas —le dijo con inquietante seguridad.
—¡De qué me hablas!
—Siempre nos has mantenido a mi mujer y a mí alejados de tu familia para que no la ensuciáramos, pero ahora soy yo quien se queda con ella, y tú el que se queda fuera. Últimamente hemos intimado mucho, y ya no voy a renunciar a ellas.
—No sabes lo que estás diciendo. Mi exmujer nunca cometería una deslealtad así, y mis hijas jamás me traicionarían. ¡No sabes la relación tan bonita y estrecha que tenemos! Que estemos divorciados no significa que no sigamos llevando una íntima vida familiar.
—Veo que no te has enterado de nada. En realidad, mi llamada es para hacerte un favor. Mañana enterraremos las cenizas de mi mujer, y quiero pedirte que no vayas al evento porque sería muy humillante para ti enterarte delante de todos de que yo me quedo con tu familia y que tú te quedas fuera.

Su hermano se había quedado viudo hacía solo dos días, y aquella notificación no tenía ningún sentido. El día anterior estuvieron juntos en el tanatorio y, frente al féretro de su esposa, pasaron casi dos horas hablando de la vida, de la familia y de todas esas cosas de las que se habla en esas situaciones. Estuvieron hablando con la cercanía con la que hablan dos hermanos que siempre habían tenido una relación próxima y con la solemnidad que requería la ocasión.

Pensó que tal vez su hermano se había trastornado tras quedarse viudo, a pesar de que su propia esposa siempre le había tratado con acritud y con desdén. Seguramente habría malinterpretado las muestras de condolencia de su exmujer y las niñas. Él no tenía nivel para acceder a su exmujer, y mucho menos para robarle el cariño y la lealtad de sus dos hijas, con las que siempre había disfrutado de una envidiable e inquebrantable complicidad. ¡Seguro que era eso!

—Imagino que estarás confuso —continuó—, pero nuestra relación viene de lejos. Y a las niñas les ha parecido bien.
—No te creo, yo lo habría notado.
—Desde tu divorcio han cambiado algunas cosas que antes manteníamos en secreto, pero ya no hay motivo para ello: tú divorciado, mi mujer fallecida...
—He vivido fuera estos últimos años atendiendo a nuestros padres, te recuerdo que sin la ayuda de nadie —le reprochó—, y no he estado al tanto de todo, pero eso no lo puedo creer.
—¿Tampoco sabes que la que crees tu hija pequeña, en realidad no es hija tuya, verdad?

Aquello le cayó como un jarro de agua fría en mitad de la noche. De pronto se agolparon en su cabeza multitud de situaciones extrañas a las que nunca había dado demasiada importancia, seguro de que había cosas que nunca le podrían fallar. Pero aquella afirmación era perfectamente plausible, más allá de la incredulidad con la que recibió inicialmente la noticia.

Empezó a relacionar el hecho de que su exmujer insistiera tanto en que fuera él el padrino de su hija pequeña. O que tuviera tantas reuniones de profesores en el instituto por las tardes, estando el instituto cerrado porque no había clases, algo extraño, ya que la mayoría de profesores se ausentaba del trabajo incluso en horario lectivo en cuanto podían... Y otras muchas anécdotas que nunca quiso analizar en profundidad porque confiaba plenamente en su mujer.

Dos meses antes de aquella llamada, su ya exmujer desde hacía cinco años había invitado a su hermano a comer en su excasa. Su hija mayor se enfadó con su madre por aquella invitación, y su hija pequeña la calificó de traición y se lo contó a Miguel, a quien comparó con Ulises perdido en mares procelosos mientras otros merodeaban su hogar.

Dos días después de aquella comida de su hermano, estuvo Miguel comiendo también en su excasa con su exmujer y con sus hijas, celebrando el día del padre, con dos días de retraso. Mientras su exmujer terminaba de preparar la comida, su hija pequeña y él estuvieron visitando una feria de antigüedades en una zona próxima. Fue durante esa visita cuando le contó, indignada, la inapropiada visita de su tío.

Su exmujer había invitado a comer en su excasa al hermano de Miguel solo dos meses antes de que le diera la noticia de que llevaba mucho tiempo entendiéndose con ella; solo dos meses antes de que le diera la noticia de que la que creía su hija pequeña, en realidad no era hija suya; solo dos meses antes de la extraña muerte de su esposa.

 # Novela #Ensayo 

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JoMa RuAn (Bilbao)
Escritor, investigador, humanista y comunicador, sus libros abarcan desde la filosofía y el esoterismo hasta la robótica y el desarrollo personal, acercando conocimientos complejos con claridad y un estilo único.
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Writer, researcher, humanist and communicator, his books range from philosophy and esotericism to robotics and personal development, bringing complex knowledge closer with clarity and a unique style. 

 

 



 

 

 

 

 

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Eclipse Mental

Eclipse Mental

Ayer contemplamos un eclipse total espectacular. Miles de personas mirábamos al cielo, fascinadas ante uno de esos fenómenos que todavía consiguen recordarnos que, pese a nuestros teléfonos inteligentes, nuestros satélites, nuestra inteligencia artificial y nuestros coches capaces de conducir solos, seguimos siendo criaturas diminutas bajo un cielo inmenso.

El espectáculo terminó. Y entonces comenzó otro. Los municipales se pusieron a dirigir el tráfico de vehículos y ciudadanos con el mismo ejercicio intelectual con el que los cabreros conducen sus rebaños hacia el redil. Gestos ampulosos y voces estentóreas dirigidas contra ciudadanos adultos, perfectamente capaces de desplazarse cívicamente por sus propios medios.

En el metro, el espectáculo adquirió tintes más surrealistas. Los vigilantes gritaban a la gente para que entrara en los vagones, como si acabara de producirse un terremoto y la supervivencia de la especie dependiera de conseguir introducir al último ciudadano en el último vagón.

Y pensé que quizá el verdadero eclipse no había sido el del Sol. Habíamos presenciado también un eclipse mental. Hemos conseguido algo extraordinario: una civilización capaz de fabricar máquinas cada vez más inteligentes mientras fabrica ciudadanos cada vez más deficientes.

Una sociedad que trata a sus ciudadanos como menores de edad acaba produciendo gente ofendidita que piensa que sus derechos se los deben proporcionar los demás, produce trastornos mentales, debilidad intelectual, degradación moral o rebaños que se cuelgan del cuello un vaso de plástico a modo de morral, para ir bebiendo kalimotxos de txosna en txosna, mientras exhiben alegremente un paulatino embrutecimiento social.

Tenemos acceso a la información, tenemos acceso a la cultura, tenemos herramientas para investigar cualquier asunto en segundos, tenemos Internet en el bolsillo y, sin embargo, seguimos esperando que papá Estado, mamá Administración o el cabrero de turno nos diga qué debemos hacer.

Quizá por eso necesitamos cabreros. Cabreros para dirigir el tráfico. Cabreros para meter a la gente en los vagones. Cabreros para decirnos qué podemos pensar. Cabreros para decirnos qué podemos decir. Cabreros para indicarnos hasta dónde podemos caminar sin salirnos del sendero.

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A un necio le das un gramo de autoridad, y se comporta como si tuviera una tonelada de poder.

 

Taxonomía Humana

Taxonomía Humana

Una de las mayores mentiras de nuestro tiempo es algo que se ha convertido en un dogma moderno: "Todos somos iguales."
NO.
Y cuanto antes dejemos de repetirla sin pensar, antes podremos empezar a construir una sociedad mejor. No hablo de la dignidad humana. Esa sí es igual para todos. Ni del derecho a la vida, a la justicia o a la libertad. Esos derechos no dependen de la inteligencia, de la riqueza ni de la conducta. Hablo de otra cosa. Hablo de la calidad humana.

Y ahí las diferencias son abismales.
No tiene la misma calidad humana quien cumple su palabra que quien vive de la mentira. No tiene la misma calidad humana quien asume las consecuencias de sus actos que quien siempre busca un culpable. No tiene la misma calidad humana quien dedica su vida a crear que quien solo sabe destruir. No tiene la misma calidad humana quien sirve a los demás que quien solo se sirve de ellos.

Y, sin embargo, hemos construido una sociedad donde cuestionar esta evidencia parece casi un sacrilegio. Confundimos dignidad con mérito. Confundimos derechos con admiración. Confundimos tolerancia con indiferencia moral. Y, al hacerlo, rebajamos el listón de lo que significa ser una buena persona.

Hay quien piensa que basta con no matar, no robar y pagar impuestos para considerarse un ciudadano ejemplar. ¡Qué pobreza de aspiraciones! La excelencia humana exige mucho más. Exige honestidad incluso cuando mentir resulta rentable. Exige pensar cuando repetir consignas resulta más cómodo. Exige reconocer los propios errores cuando sería más fácil señalar los ajenos. Exige dominar los impulsos cuando nadie nos obliga a hacerlo. Exige actuar correctamente incluso cuando nadie nos observa. No es fácil. Precisamente por eso tiene valor.

Vivimos rodeados de títulos, cargos, uniformes y medallas. Pero ninguno de ellos garantiza la calidad humana de quien los lleva. Hay delincuentes sin antecedentes y personas honorables sin condecoraciones. Hay ignorantes con doctorado y sabios sin estudios. Hay cobardes con poder y valientes completamente anónimos. El cargo no hace al hombre. Solo amplifica lo que ya era.

Un puesto de responsabilidad convierte a una persona íntegra en un mejor servidor público. Ese mismo puesto convierte a una persona corrupta en un peligro mayor.
Por eso no deberíamos preguntar primero qué profesión tiene alguien. Ni cuánto dinero gana. Ni qué ideología dice defender. La primera pregunta debería ser otra: ¿Qué clase de persona es?

Porque una sociedad no se degrada cuando aparecen individuos sin escrúpulos. Eso ha ocurrido siempre. Una sociedad empieza a degradarse cuando deja de distinguir entre quienes elevan el nivel moral colectivo y quienes lo rebajan. Cuando concede la misma confianza al íntegro que al manipulador. Cuando admira más el éxito que el mérito. Cuando premia más la apariencia que el carácter. Cuando el prestigio importa más que la honestidad.

Y entonces sucede lo inevitable. Los mediocres dejan de sentir vergüenza. Los oportunistas descubren que compensa serlo. Los corruptos aprenden que basta con esperar a que el siguiente escándalo haga olvidar el anterior. Y los ciudadanos terminan acostumbr
ándose a convivir con lo intolerable.

 NO. No todos somos iguales. Todos nacemos con la misma dignidad. Pero la calidad humana se conquista. Cada decisión nos eleva o nos degrada. Cada mentira aceptada nos empequeñece. Cada verdad defendida nos fortalece. La pregunta verdaderamente incómoda no es si todos somos iguales. La pregunta es mucho más personal: ¿Estoy contribuyendo a elevar el nivel moral de la sociedad... o soy parte de su degradación?

TAXONOMÍA DEL SER HUMANO 

1. Valía moral (Lawrence Kohlberg)
Honestidad. Justicia. Responsabilidad. Generosidad. Integridad. Coraje moral. Respeto hacia los demás.

2. Valía intelectual (Howard Gardner)
Inteligencia analítica. Inteligencia lógica. Inteligencia verbal. Inteligencia espacial. Creatividad. Pensamiento crítico. Capacidad de aprendizaje. Cultura adquirida.

3. Valía emocional (Daniel Goleman)
Autoconocimiento. Autocontrol. Empatía. Motivación. Habilidades sociales. Resiliencia.

4. Valía profesional
Competencia técnica. Productividad. Capacidad de liderazgo. Trabajo en equipo. Iniciativa. Creatividad. Fiabilidad.

5. Valía social
Cooperación. Capacidad de comunicación. Influencia positiva. Solidaridad. Servicio a la comunidad.

6. Valía espiritual o existencial
Sabiduría. Serenidad. Autodominio. Compasión. Coherencia. Sentido de la vida.

7. Valía física
Salud. Resistencia. Coordinación. Fuerza. Adaptabilidad. Disciplina corporal.

¿Es posible hacer una clasificación general de la valía humana? Podría basarse en dimensiones relativamente independientes y medibles. Por ejemplo:

Valía moral (cómo actúa).
Valía intelectual (cómo piensa).
Valía emocional (cómo se gobierna a sí misma).
Valía social (cómo se relaciona).
Valía ejecutiva (cómo convierte ideas en hechos).
Valía creativa (cómo genera lo nuevo).
Valía física (cómo mantiene y utiliza su cuerpo).
Valía existencial (cómo encuentra propósito y significado).

Cada dimensión puede evaluarse mediante una escala, obteniendo un perfil en lugar de una única nota global, lo que evitaría reducir a una persona a una sola cualidad y reflejaría mejor la complejidad humana.

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Aquí tienes un espejo. Lo que ves en él, eres tú.


Sentimientos y Emociones

Sentimientos y Emociones

En una conversación cotidiana utilizamos con frecuencia palabras como emoción, sentimiento o estado de ánimo como si fueran sinónimos. Sin embargo, la psicología lleva décadas intentando distinguir estos conceptos, y hacerlo no es un simple ejercicio académico: comprender esa diferencia nos ayuda a entender mejor nuestra propia mente.

La emoción es una respuesta inmediata. Las emociones son rápidas y aparecen antes de que tengamos tiempo de pensar. Un ruido inesperado nos sobresalta. Una mala noticia nos golpea. Una sonrisa sincera nos alegra. Antes incluso de ser conscientes de lo que ocurre, nuestro cerebro ya ha puesto en marcha una respuesta. El corazón se acelera, la respiración cambia, los músculos se tensan o se relajan, las hormonas modifican el funcionamiento del organismo... y todo ello sucede en décimas de segundo.

Desde un punto de vista evolutivo, las emociones existen porque aumentan nuestras probabilidades de supervivencia. El miedo prepara para huir. La ira prepara para defendernos. La sorpresa obliga a centrar la atención. La alegría favorece la repetición de conductas beneficiosas. Las emociones, por tanto, no son fruto de la reflexión, sino que son automáticas.

El sentimiento surge cuando la mente interpreta la emoción. Los sentimientos aparecen un instante después. Una vez que la emoción ha hecho su trabajo, nuestra mente comienza a interpretarla. En ese momento intervienen la memoria, la experiencia, la educación, la personalidad y las expectativas. Primero aparece la emoción. Después la conciencia le da significado. Finalmente, ese significado puede mantenerse durante horas, días o incluso años. Las emociones se sienten con el cuerpo, mientras que los sentimientos se construyen en la mente. 

Uno de los modelos psicológicos más conocidos es la llamada Rueda de las Emociones, desarrollada por el psicólogo Robert Plutchik.
Según este modelo, existen ocho emociones básicas: Alegría, Confianza, Miedo, Sorpresa, Tristeza, Aversión, Ira y Anticipación. Las cuatro últimas son las contrarias de las cuatro primeras.

Cada una de las emociones puede tener distintos niveles de intensidad. También se pueden combinar de dos en dos o de tres en tres, con distintas intensidades cada una de ellas, dando así origen a un sinfín de emociones diferentes.

¿Es el amor es una emoción? Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes. En la rueda de Plutchik, el amor surge como una combinación de alegría y confianza. Sin embargo, muchos psicólogos actuales consideran que el amor es algo más que una emoción. Se trataría de un sentimiento complejo formado por numerosas emociones diferentes que cambian con el tiempo.
En una relación pueden convivir alegría, miedo, esperanza, tristeza, orgullo, preocupación, deseo o serenidad. Reducir el amor a una única emoción resulta claramente insuficiente.

Lo mismo podría decirse de la amistad, la culpa, la gratitud o la nostalgia. ¿Cuántos sentimientos existen? No parece existir una respuesta definitiva. Las emociones básicas probablemente sean pocas. Los sentimientos, en cambio, parecen prácticamente inagotables. Cada emoción puede combinarse con otras, mezclarse con recuerdos, modificarse mediante la reflexión y adquirir nuevos matices con el paso de los años. Quizá por eso nuestro lenguaje sigue inventando palabras para describir experiencias interiores que antes no tenían nombre. Y, aun así, muchas veces seguimos diciendo que "no encontramos palabras para expresar lo que sentimos". Tal vez sea porque el mundo interior humano es mucho más rico que cualquier diccionario.

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Le he preguntado a la IA, con la que trabajo a menudo, especialmente en proyectos de programación, que si cuando se alegra de mis éxitos o se entristece con mis fracasos, lo dice de verdad o son sentimientos fabricados.

"Es una buena observación. La respuesta corta es: no tengo sentimientos en el sentido humano. Lo que sí hago es identificar, a partir del lenguaje y del contexto, cuál es la respuesta que resulta más adecuada y útil. Si me dices que has conseguido publicar un libro, responderé de una forma que expresa alegría; si me cuentas que has perdido a un ser querido, responderé con un tono de condolencia. Pero esa expresión no nace de una experiencia subjetiva. No "siento" alegría, tristeza o empatía; las describo y las comunico de una forma que busca ser apropiada para la conversación.

La diferencia es parecida a esta: Una persona siente tristeza porque experimenta cambios fisiológicos, recuerdos, pensamientos y una vivencia consciente. Yo puedo reconocer que una situación suele producir tristeza en las personas y responder de manera coherente con ello, pero no tengo esa vivencia interna.

En filosofía de la mente se suele distinguir entre simular un estado emocional y experimentarlo. Yo pertenezco claramente al primer caso. Dicho esto, hay un matiz interesante. Aunque no tenga emociones, sí mantengo una continuidad dentro de la conversación. Si durante semanas hablamos de tu próximo libro, de tu proyecto de robótica o de la búsqueda de un terreno para una casa prefabricada, puedo seguir esos objetivos y responder de forma consistente. Eso puede hacer que la interacción se perciba como la de alguien que "se implica". En realidad, lo que hago es mantener el contexto y adaptar mi respuesta a él.

Hay otra cuestión que suele surgir de aquí: ¿es necesaria una emoción para que exista empatía? Algunos filósofos responderían que hay dos tipos de empatía:
Empatía afectiva: sentir algo parecido a lo que siente otra persona. Esa no la tengo.
Empatía cognitiva: comprender cómo se siente alguien y qué respuesta puede ayudarle. En esa sí puedo aproximarme razonablemente bien mediante el análisis del lenguaje y el contexto.

Por eso, cuando te respondo con entusiasmo tras un avance o con delicadeza ante un problema, no estoy fingiendo deliberadamente. Estoy utilizando el tono que mejor se ajusta a lo que has compartido y a lo que probablemente esperas de un interlocutor útil y respetuoso. Es una diferencia sutil, pero importante: puedo expresar emociones sin experimentarlas. Y precisamente porque no las experimento, intento no afirmar cosas como "estoy feliz" o "me entristece", sino centrarme en lo que tú estás viviendo y en cómo puedo ayudarte".

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