Eclipse Mental
Ayer contemplamos un eclipse total espectacular. Miles de personas mirábamos al cielo, fascinadas ante uno de esos fenómenos que todavía consiguen recordarnos que, pese a nuestros teléfonos inteligentes, nuestros satélites, nuestra inteligencia artificial y nuestros coches capaces de conducir solos, seguimos siendo criaturas diminutas bajo un cielo inmenso.El espectáculo terminó. Y entonces comenzó otro. Los municipales se pusieron a dirigir el tráfico de vehículos y ciudadanos con el mismo ejercicio intelectual con el que los cabreros conducen sus rebaños hacia el redil. Gestos ampulosos y voces estentóreas dirigidas contra ciudadanos adultos, perfectamente capaces de desplazarse cívicamente por sus propios medios.
En el metro, el espectáculo adquirió tintes más surrealistas. Los vigilantes gritaban a la gente para que entrara en los vagones, como si acabara de producirse un terremoto y la supervivencia de la especie dependiera de conseguir introducir al último ciudadano en el último vagón.
Y pensé que quizá el verdadero eclipse no había sido el del Sol. Habíamos presenciado también un eclipse mental. Hemos conseguido algo extraordinario: una civilización capaz de fabricar máquinas cada vez más inteligentes mientras fabrica ciudadanos cada vez más deficientes.
Una sociedad que trata a sus ciudadanos como menores de edad acaba produciendo gente ofendidita que piensa que sus derechos se los deben proporcionar los demás, produce trastornos mentales, debilidad intelectual, degradación moral o rebaños que se cuelgan del cuello un vaso de plástico a modo de morral, para ir bebiendo calimotxos de txozna en txozna, mientras exhiben alegremente un paulatino embrutecimiento social.
Tenemos acceso a la información, tenemos acceso a la cultura, tenemos herramientas para investigar cualquier asunto en segundos, tenemos Internet en el bolsillo y, sin embargo, seguimos esperando que papá Estado, mamá Administración o el cabrero de turno nos diga qué debemos hacer.
Quizá por eso necesitamos cabreros. Cabreros para dirigir el tráfico. Cabreros para meter a la gente en los vagones. Cabreros para decirnos qué podemos pensar. Cabreros para decirnos qué podemos decir. Cabreros para indicarnos hasta dónde podemos caminar sin salirnos del sendero.
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A un necio le das un gramo de autoridad, y se comporta como si tuviera una tonelada de poder.
