Misa En El Congreso
Ha venido el Papa a España a darse un baño de popularidad en loor y en olor de multitudes.
No ha ido a Gaza, donde la situación es terrible, al menos hasta que no se inaugure el resort prometido, después de exterminar a toda la población allí residente. Ametrallar a niños mientras recogen restos de comida sobre un suelo de tierra seca es el precio del lujo.
Además, allí donde crucificaron al jefe no es cuestión de correr riesgos; riesgos que sí corren otros colectivos laicos.
En España se está mejor, mucho mejor. De hecho, miles de personas se juegan la vida constantemente para venir aquí. En el Congreso ha pronunciado un discurso moral ("le dijo la sartén al cazo"). Todos, todas y todes han aplaudido como focas ante tan insigne presencia, que les decía que había que ser buenos, aunque sin concretar demasiado, para no molestar.
No ha hablado de la corrupción institucional, la madre de todos los males, por aquello de no nombrar la soga en casa del ahorcado.
Ha hablado de la paz en el mundo como lo hacen las mises mientras muestran sus encantos, para no incomodar a quienes le pagan la fiesta.
Hacía cincuenta años que no veía a mis amigos de la infancia. Ellos seguían en contacto, como cuando jugábamos a las pitas, a las chapas, al hinque o a la cadeneta. Pero yo me incorporé pronto al mundo laboral y les perdí la pista.
La mayoría habíamos estudiado en el colegio religioso del barrio. Muchos, al recordar aquellos tiempos, contaban haber sufrido abusos sexuales.
Por la prensa vemos que no es solo cosa del pasado, sino algo habitual a lo ancho de la geografía y a lo largo de los siglos. No hay nada más repugnante que manosear a un niño con una mano mientras con la otra se le absuelve de todos sus pecados.
Yo mismo estuve estudiando en un seminario con la esperanza de poder ser sacerdote algún día. Espero que Dios haya perdonado mi ingenuidad: eran otros tiempos, éramos niños y entonces algunos todavía teníamos ideales y cantábamos llenos de fe "con flores a María". Y sí: también a mí me pasó.
Pero ahí está él, dando discursos morales a congresistas, senadores y demás gente de poder. Una mano lava la otra, y entre las dos lavan la cara.
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