Mientras me recreo con las descripciones de los sentimientos que les produce su recién estrenada vida campestre, hago un alto para tomar un sorbo de whisky y retomo de nuevo la lectura. Leo una página, y sólo cuando termino la página siguiente me doy cuenta de que ya había leído la página anterior, y también la siguiente, y ni siquiera me había enterado del texto. Había empezado a leer y a perderme en un bosque de líneas bucólicas mientras oía una suave música de jazz de fondo... había estado leyendo mientras mi imaginación volaba hacia otras historias, había entrado en un proceso de lectura automática mientras oía música, bebía un sorbo de whisky y recordaba historias lejanas. Dos páginas enteras había leído sin ser consciente de lo que leía. Me había transportado a una situación lejana, también en un pequeño pueblo, un pueblo húmedo y frío que hace de la chimenea de aquella casa de campo un lugar idílico al llegar la noche.
El frío y el obligado abrazo hacen que suceda lo inevitable, a oscuras, casi de mala gana... hace ya años que apenas se hablan.
Es una situación incómoda, indigna, deshonesta... apenas se soportan después de tantos años de convivencia... pero la casa está fría y sola... y en la calle se oye llover. Por un momento fingen que se quieren, tal vez para hacer de aquello algo digno y no sentirse culpables. Es una situación sucia, sin duda, una situación húmeda que sólo la soportan porque están a oscuras. Sólo así, en la oscuridad, con aquel frío que calaba hasta el alma, hundidos en el centro del colchón y los muelles chirriando al ritmo de sus gemidos, fingiendo que por un instante se querían... podían soportar aquel momento del que sin duda al día siguiente se arrepentirían.












